Oliver Twiss, la copia de Dickens que se convirtió en superventas

Oliver Twiss, la copia de Dickens que se convirtió en superventas

  • La obra de Dickens sufrió numerosas copias.
  • Pese a sus denuncias, no logró que se dejaran de vender.

Oliver Twiss, la copia de Dickens que se convirtió en superventas

Charles Dickens fue en su momento toda una estrella del firmamento literario anglosajón. Sus obras vendían muy bien, tanto en Reino Unido como en EEUU, y a sus lecturas en teatros acudían cientos de personas.

El lanzamiento de Oliver Twist supuso uno de sus grandes éxitos, pero había algo que le carcomía por dentro: en las calles se leía más a Oliver Twiss, una burda copia de sus ideas que se vendía por un penique.

No es que fuera el único de sus libros que tenía versiones alternativas, ya que también era habitual ver títulos como Barnaby Budge, Martin Guzzlewit, The Penny Pickwick o Nickelas Nickelberry, todos sospechosamente parecidos a los grandes éxitos de Dickens y que pasaban de mano en mano a precios muy bajos, en comparación con las obras originales.

Detrás de todo este entramado de copias estaba un hombre peculiar, el barón de la prensa Edward Lloyd, el cual comenzó a dar forma a los tabloides ingleses, amantes de la carroña y el morbo, a mediados del siglo XIX. Si algo podía levantar las pasiones de las clases populares, allí estaba Lloyd con su maquinaria mediática.

Las obras de Dickens tenían un gran éxito, pero las ediciones que había en circulación no eran precisamente baratas. Ahí es donde Lloyd vio un filón.

Los títulos sí que eran conocidos, pero no tanto el contenido, por eso decidió contratar a un montón de autores desconocidos y los puso a escribir creativas variantes de las obras del autor británico.

Entre las clases más populares, la lectura habitual solía ser la de los penny dreadfuls, truculentas historias a penique que devoraban semana a semana.

Lloyd era uno de los grandes editores de este tipo de lecturas, así que decidió poner su granito de arena: las copias de las obras de Dickens tenían más sexo y sangre, así como más referencias todavía a las costumbres de la gente pobre.

Es posible que muchos londinenses de la época conocieran primero a Dickens a través de estas burdas copias.

Dickens, por su parte, no estaba nada contento con la situación. Después de las numerosas carencias económicas por las que había pasado en su vida, era muy celoso de su dinero y de las regalías de sus obras.

Por lo tanto, no es de extrañar que acudiera a los juzgados tratando de impedir la publicación de estas copias.

El fallo de juez dejó atónitos a propios y extraños. Al parecer, las copias eran tan malas, tan cutres, tan mal impresas y de carácter tan alejado de la excelente obra de Dickens, que era improbable que alguien las comprara pensando que eran las novelas originales.

Por lo tanto, y debido a ese insalvable salto cualitativo, el juez permitió que se siguieran publicando. No fue hasta 1842, tras numerosos intentos por parte de Dickens, que se prohibió este tipo de publicaciones.

El tiempo, valedor de la calidad en muchos casos, borró de la memoria histórica y literaria las obras de Lloyd, pero mantuvo las de Dickens.

Sin embargo, no podemos dejar de lado que en su día, Oliver Twiss llegó a ser casi tan famoso como Oliver Twist en los barrios más populares de Londres y que The Penny Pickwick vendió 50.000 ejemplares… muchísimo más que la obra de Dickens en su lanzamiento.

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