Política (lingüística) para construir la URSS

Política (lingüística) para construir la URSS

Política (lingüística) para construir la URSS
Retrato de Lilya Brik, Alexander Rodchenko, 1924.

Existe entre algunos soviéticos la costumbre de equiparar las políticas llevadas a cabo por sus Gobiernos con los llamados Pueblos Potemkin. La política lingüística no es una excepción: en este contexto, Потёмкин —dígase [patiomkin]; la «o» en sílaba pretónica se pronuncia [a] y la «ë», con los dos puntitos arriba, suena [io], en fonética de andar por casa— se utiliza para explicar que los objetivos marcados por dichas políticas se cumplieron, pero que también se cometieron errores y aparecieron dificultades y resentimiento.

Conozco el síndrome de Pueblo Potemkin por profesores de ruso educados en la Unión Soviética cuya lengua materna no es el ruso, personas que paradójicamente encarnan el éxito de la política lingüística soviética a la vez que su fracaso, pues huyeron de su tierra a la primera oportunidad.

Que en sus familias no se usara el ruso como lengua vehicular tuvo que ver con que los educaran para no dejarse adoctrinar ni sucumbir al nacionalismo que fue refugio, pasaporte y motor de existencia de muchos otros. En sus casas se hablaba letón, ucraniano, moldavo, una de las ciento cinco lenguas de la Unión Soviética —les enseñaron esa cifra en la escuela— y, en el extranjero, han dedicado buena parte de sus vidas a enseñar ruso.   

El Pueblo Potemkin se usa como símbolo de cualquier cosa que se presenta como éxito pero que en realidad no existe, o es más bien un desastre. El origen de la metáfora se encuentra en la visita que realizó la zarina Catalina II a la península de Crimea al poco tiempo de habérsela arrebatado a los turcos, en el último cuarto del siglo XVIII.

El mariscal Gregorio Potemkin, que había dirigido las operaciones para conquistar Crimea, quería mostrar a la zarina la prosperidad de la península, pero lo cierto es que estaba devastada por la guerra. Sin embargo, la zarina vio una Crimea próspera, con pueblos recién construidos que evocaban bienestar y riqueza. La vio de lejos, pues el mariscal se empeñó en que no se acercara a las poblaciones, aduciendo que no era conveniente que la zarina se mezclara con el vulgo, con las gentes que alegremente les saludaban desde lejos.

La zarina regresó a San Petersburgo contenta e impresionada por la labor que estaba desempeñando el mariscal en la nueva provincia del Imperio. Lo que no sabía es que este la había engañado orquestando una genial maniobra para que ella viera la misma población repetidamente: cuando la zarina se cansaba de mirar el pueblo y seguía su camino hacia otro pueblo, un auténtico ejército de operarios desmontaba los edificios y trasladaba el pueblo entero a otra ubicación, justo a tiempo para que, cuando llegara la comitiva, la zarina lo viera y pensara que se trataba de otro pueblo.

Fue en 1787. Ciento setenta años después, Gabriel García Márquez —en un viaje que realizó junto a dos amigos por Europa del Este— creyó ver un cúmulo de Pueblos Potemkin nada más pisar Ucrania: «En las aldeas adornadas con motivos de amistad universal los campesinos salían a saludar al tren. […] Las aldeas parecían alegres y limpias, pero las casas dispersas en el campo, con sus molinos de agua, sus carreteras volcadas en el corral con gallinas y cerdos —de acuerdo con la literatura clásica— eran pobres y tristes, con paredes de barro y techo de paja». Los primeros soviéticos que vio García Márquez llevaban el síndrome de Pueblo Potemkin en su ADN.   

Setenta y pico años de sovietización lingüística

La Unión Soviética fue pionera en usar deliberadamente la política lingüística para conseguir otros objetivos políticos que formaban parte de uno más ambicioso: la construcción de ese imperio que llamaron Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

Durante más de setenta años, los distintos Gobiernos implementaron políticas que cambiaron el uso de la lengua en cada república de la unión. Los dirigentes soviéticos sabían que la lengua cuenta, que es una parte crucial de la identidad de los individuos, de la identidad que el Estado atribuye al individuo y, por tanto, de la propia identidad del Estado.

Decía Goethe que Dios dota de lenguaje a los hombres para que estos puedan ocultar su pensamiento; de esta máxima la política lingüística soviética extrajo, para que no hubiera ambigüedades, el verbo poder, y así cohibió el pensamiento de los individuos intentando que calara un input ideológico transmitido cada vez con más frecuencia en la lengua representativa de la ideología de la nueva nación, el ruso.

Desde Lenin hasta Gorbachov, los Gobiernos consiguieron poco a poco sus objetivos con las políticas lingüísticas desarrolladas, que a veces fueron contradictorias o confusas: al mismo tiempo que las lenguas autóctonas de las repúblicas se consideraron en un principio útiles para crear un sentido de identidad en cada república —asumiendo el peligro potencial de la creación de micronacionalismos—, la tendencia fue promover una lengua única, el ruso, para la creación de una nueva nación-Estado unificada e industrializada, un imperio en el siglo XX.

Desde su fundación en 1922 hasta su ocaso en 1991, la Unión Soviética fue un país multilingüe, multiétnico, enorme, y, a la vez, con elementos unificadores. García Márquez, impresionado, contaba esto así: «Cuando en la península de Chukotka son las cinco de la mañana, en el lago de Baikal, Siberia, es la medianoche, mientras en Moscú son todavía las siete de la tarde del día anterior.

Esos detalles proporcionan una idea aproximada de ese coloso que es la Unión Soviética, con sus ciento cinco idiomas, sus doscientos millones de habitantes, sus incontadas nacionalidades de las cuales una vive en una sola aldea, veinte en la pequeña región de Daguestán y algunas no han sido todavía establecidas y cuya superficie —tres veces los Estados Unidos— ocupa la mitad de Europa, una tercera parte de Asia y constituye en síntesis la sexta parte del mundo, 22 400 000 kilómetros cuadrados sin un solo aviso de Coca-Cola».

El censo de 1989 recoge unos ciento cincuenta idiomas y ciento treinta grupos étnicos repartidos entre las quince repúblicas —Estonia, Letonia y Lituania en el Báltico, Kazajistán, Uzbekistán, Kirguistán, Tayikistán y Turkmenistán en Eurasia, Azerbaiyán, Georgia y Armenia en el Cáucaso, las eslavas Ucrania, Bielorrusia y Rusia, y finalmente Moldavia, que es rumanófona—.

Otros estudios lingüísticos, sin embargo, por esas mismas fechas contaron casi doscientos idiomas; el ruso, el mayoritario, era la lengua materna de algo más del cincuenta por ciento de la población.  

Inicialmente, la intención fue respetar las diversas lenguas de la unión y tratarlas con igualdad. La política nacional de Lenin, aunque no siempre se implementara, garantizaba el derecho a usar la lengua materna, la autóctona. Se trataba posiblemente de un gesto político, de un intento de reconciliar a los no hablantes de ruso con el régimen soviético.

Tuvo un impacto positivo; el Gobierno invirtió en investigación enviando a lingüistas a hacer trabajo de campo para estudiar lenguas minoritarias, crear sistemas de escritura y desarrollar materiales pedagógicos y diccionarios. Desarrollaron una política tan detallada que el censo distinguía entre народнocть [narodnost], palabra derivada del sustantivo «pueblo» que hace referencia sobre todo a la etnia, y национальность [natsionalnost], traducible por ‘nacionalidad’.

Los conceptos, relacionados, podían en la práctica repercutir en los derechos lingüísticos de la gente. La etnia venía determinada por la lengua materna, mientras que la nacionalidad la otorgaba la etnia declarada, aunque careciese de lengua; por ejemplo, un ucraniano que trabajara en Nóvgorod declararía ser de nacionalidad ucraniana, pero al no hablar ucraniano sino ruso, su etnia sería la rusa. Y así es como el Gobierno obtendría un ucraniano rusificado, un ucraniano convertido por obra y gracia de la política lingüística en ruso, expandiendo la etnia rusa y el uso de la lengua.

Aun así, las buenas intenciones continuaron y hasta el final de la era soviética se siguió pagando a lingüistas para que fueran a lugares remotos a describir las lenguas minoritarias, consideradas —acertadamente— patrimonio del Imperio.    

Pasó el tiempo y los líderes del país, en particular Stalin y luego Jrushchov, se sirvieron cada vez más del idioma ruso como fuerza unificadora de los diferentes pueblos, o etnias, del Estado. Algunas lenguas empezaron a escribirse con alfabeto cirílico, hecho que justificaron arguyendo que la ortografía latina no era la adecuada para representar el sistema fonético de dichas lenguas.

Así fue como decidieron que en Moldavia se escribiría el moldavo —también llamado rumano, una lengua romance bastante parecida al italiano— con alfabeto cirílico. Lo del moldavo es solo un ejemplo entre algunas otras ideas brillantes.

La otra medida estrella fue establecer que el ruso fuera la lengua vehicular de la enseñanza y las lenguas maternas o autóctonas se convirtieron en simples asignaturas —no es descabellado, sigue pasando en todo el mundo (ha pasado y pasa en Cataluña)— y, en algunos casos, se suprimieron completamente del currículum.

La desaparición de la diversidad fue un hecho, parte de una política que también tenía como objetivo que desaparecieran las clases sociales y que a García Márquez le pareció muy efectiva: «La desaparición de las clases es una evidencia impresionante.

La gente es toda igual, en el mismo nivel, vestida con ropa vieja y mal cortada y con zapatos de pacotilla. […] el hecho es que ellos creen que viven bien y en realidad viven mal».

El Gobierno centralizado del Partido Comunista ya había conseguido que la unión fuera más que nominal y Stalin «controlaba personalmente las construcciones, la política, la administración, la moral privada, el arte, la lingüística, sin moverse de su oficina».

Llegada la era Brézhnev de la década de 1970, el proceso de rusificación de las diversas etnias de las regiones del Báltico, Europa del Este, el Cáucaso y Asia Central se había completado en gran medida y el ruso se había convertido en la lingua franca de todas las repúblicas.

Al inicio de la perestroika de mediados de los años ochenta, al menos la mitad de los ciudadanos de la URSS decían ser bilingües con ruso y un porcentaje significativo de gente había abandonado su lengua materna.

Перестройка [piristroika] es una palabra derivada del prefijo пере-, traducible por ‘re-’ y el verbo строить, ‘construir’, que significa ‘volver a construir’, ‘reconstruir’ o ‘reconstrucción’, pero poco se podía reconstruir ya. Según un censo de los años noventa, sesenta y tres de las lenguas de Rusia —solo del nuevo Estado de Rusia— estaban en peligro de extinción.

Hoy, diez han desaparecido, seis están amenazadas, siete en proceso de sustitución, ocho moribundas, otras ocho casi extinguidas y nueve están inactivas, según la clasificación de los datos que hace la web Ethnologue.

Luchar contra esta hecatombe lingüística forma parte del desafío al que se enfrentan los Estados surgidos del colapso de la Unión Soviética: la monumental tarea de revertir más de setenta años de políticas lingüísticas centradas en la lengua rusa en detrimento de las lenguas autóctonas.

En muchos casos el proceso es irreversible, pero en otros las lenguas salen a la calle a conseguir hablantes y volvemos a hablar de política lingüística, que siempre, siempre, forma parte de un objetivo político superior.

Es como si dependiendo de quién gobierne las lenguas tuvieran unos derechos, pero no las personas. 

Ver fuente

Arte Cultural