Crítica | Identidad borrada

Crítica | Identidad borrada

Crítica | Identidad borrada

Crítica ★★☆☆☆ de «Identidad borrada», de Joel Edgerton.

Estados Unidos, 2018. Título original: Boy Erased. Director: Joel Edgerton. Guion: Joel Edgerton. Productora: Anonymous Content / Perfect World Pictures. Productores; Joel Edgerton, Kerry Kohansky Roberts, Steve Golin. Música: Jonny Greenwood. Fotografía: Eduard Grau. Montaje: Jay Rabinowitz. Diseño de producción: Chad Keith. Vestuario: Trish Summerville. Reparto: Lucas Hedges, Nicole Kidman, Russell Crowe, Joel Edgerton, Joe Alwyn, Xavier Dolan, Troye Sivan, Britton Sear, Jesse Latourette, Cherry Jones, Flea, Madelyn Cline, Théodore Pellerin. Duración: 114 minutos.

El actor Joel Edgerton dirige ‘Identidad borrada’, su segundo largometraje como director, en el que adapta la historia de Garred Conley y su experiencia en la terapia de conversión sexual.

Basándose en su autobiografía homónima, relata episodios de la adolescencia de Jared Eamons (Lucas Hedges) en una Arkansas fundamentalista que se intercalan con su estancia en Love In Action, un programa de conversión al que acude después de que su padre predicador (Russell Crowe) le dé a elegir entre querer cambiar o irse de casa.

La terapia de conversión, una alarmante y monstruosa realidad que afecta predominantemente a los Estados Unidos (a día de hoy es legal aplicársela a menores en 36 de los 50 estados) no es un problema de la magnitud que fue la epidemia de sida (desde 1982 han muerto casi 38 millones de personas, frente a las 700.000 que han sido afectadas por la conversión), pero Edgerton se pone la cruz hombro con la misma grandilocuencia que en Demme nunca resultó tan impostada.

Como director, actor, guionista y productor, Edgerton tiene muy claro cuál es su objetivo con esta película y está determinado a que el público entienda su mensaje no solo tras terminarla, sino después de cada escena.

Existe un empeño por arrancar una respuesta visceral a su público aprovechando cualquier oportunidad y con la esperanza de que esta respuesta se traduzca en moralizante.

Para llegar a esto, Edgerton esquematiza la complejidad de una situación tan seria como la terapia de conversión de forma drástica, haciendo que aquello que expone sea más accesible y fácil de procesar (lo que se presupone un intento por superar posibles prejuicios) a base de limitar los conflictos, las emociones y las relaciones representadas a dos elementos: el shock y la empatía.

El principal problema en el que deriva esta decisión narrativa (que bien desarrollada es tan lícita como cualquier otra), es que se desdibuja en gran parte del metraje un nexo con ambos elementos, creando simultáneamente dos películas muy diferentes que funcionan de manera muy inconsistente. Una involucra a Nicole Kidman. La otra no.

Este enfoque tan esquemático, que en sus mejores momentos es emocionante y poderoso y en los peores manipulador o simplemente cruel, se aprecia en la diferencia que hay entre la calidez y sensibilidad de las escenas que Jared comparte con su madre (Nicole Kidman) y las escenas que ocurren tanto dentro de Love In Action como durante su estancia en la universidad.

Una de las más representativas de los problemas de la cinta es parte de estas últimas, e involucra una violación que Edgerton rueda de manera explícita durante cinco minutos seguidos, sin cortes ni elipsis, obligando al espectador a presenciarla de principio a fin.

A esta escena, que resulta extremadamente impactante dentro de la narrativa (el shock), le siguen una serie de planos vacíos de Lucas Hedges con la mirada perdida intentando procesar lo ocurrido (sentado en aulas hasta que se vacían, andando a contracorriente en pasillos), que se suceden a través de cuestionables fundidos.

Es a raíz de esta escena que el padre de Jared descubre la homosexualidad de su hijo, pero desde el momento en el que lo hace, el abuso sexual deja de ser relevante en la trama.

Es decir, se utiliza como detonante para luego no volver a ser mencionado. Esta banalidad con la que se trata el abuso (físico y psicológico) da a intuir que el director está intentando penetrar en una realidad que no termina de comprender.

Una situación que es capaz de identificar como negativa, pero sobre la que es incapaz de profundizar, llevando a la película a alimentarse de este dolor sin ofrecer nada a cambio. Lo mismo sucede en una de las escenas dentro de Love In Action, en la que la violencia (utilizada en la escena de forma colectiva contra uno de los adolescentes para purificar su alma) se muestra igual de explícita.

Edgerton busca la humanidad de los espectadores a través de la crueldad de las situaciones que Jared se ve obligado a sufrir, algo que no solo es despectivo respecto a éstos (presupone injustamente una incapacidad de generar empatía ante material menos explícito), sino que termina por ser despectivo hacia los personajes, a los que instrumentaliza como mártires cuya existencia queda definida por este sufrimiento.

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«Existe un empeño por arrancar una respuesta visceral a su público aprovechando cualquier oportunidad y con la esperanza de que esta respuesta se traduzca en moralizante. Para llegar a esto, Edgerton esquematiza la complejidad de una situación tan seria como la terapia de conversión de forma drástica, haciendo que aquello que expone en su película sea más accesible y fácil de procesar».

De ahí que solo cuando Nancy Eamons rescata a su hijo de Love In Action, la película verdaderamente alcanza lo que se propone. Sobre todo cuando Kidman, en un ataque de ira contra el director de Love In Action (Joel Edgerton) grita la frase con más fuerza emocional: «Shame on you. Shame on me, too».

Este momento es uno de los pocos en los que Edgerton (atribuirle el mérito a él y no Kidman sería injusto, porque tanto en esta escena como en el resto del metraje hay más intuición por parte de ella que en la dirección de él) aúna el melodrama con la honestidad por medio de la épica.

Las tres coexisten en esa última frase tan corta, formulada casi de pasada, que consigue crear una reacción muy poderosa, porque no es habitual en el cine que un padre con tendencias homófobas reconozca de forma tan abierta que lo incorrecto no es la sexualidad de su hijo, sino su actitud frente a esta.

Sin ser el punto central de la película, ese «shame on me too» sí consigue funcionar como el punto álgido, un instante efímero con una resonancia que impregna un desenlace en el que, por un instante, Edgerton consigue apelar a las emociones de sus espectadores de manera grandilocuente, pero también muy emocionante y honesta gracias a la empática sensibilidad de una actriz que entiende que sin ser la protagonista, ella es el corazón del filme.

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